Sra. Allison Lynn Flemming
(Ontario, Canadá)
David dijo: Señor, ¿no odio acaso a los que te odian y desprecio a los que te desafían? - Salmo 139:21 (DHH)
Mientras nuestras madres conversaban en la cocina, mi mejor amiga y yo jugábamos en la habitación de al lado. Pero pronto discrepamos sobre las reglas y empezamos a discutir. Finalmente, nos dijimos las peores palabras que nuestra joven imaginación podía inventar: «¡Te odio!».
Mi madre entró en la habitación con una expresión seria. «¡En esta casa no se dice ‘odio’! Pueden enojarse, pero no nos odiamos». Tenía razón. La ira nos había dominado, y mi amiga y yo habíamos olvidado cuánto nos queríamos. Nos abrazamos y volvimos a jugar. Años después, ya de adulta, me he enojado con personas que me han ofendido, especialmente con quienes han insultado mi fe. Y cada vez recordaba las sencillas palabras de mi madre: «No odiamos».
El odio es la opción fácil. Pero Jesús nos hizo un llamado más desafiante: amar a nuestros enemigos y orar por quienes nos persiguen (Ver Mateo 5:43-44). Se necesita fuerza para controlar nuestra ira. Se necesita valentía para orar por quienes nos han lastimado. Pero Jesús nos manda: «Así como yo los amo a ustedes, así deben amarse ustedes los unos a los otros. Si se aman los unos a los otros, todo el mundo se dará cuenta de que son discípulos míos» (Juan 13:34-35). El amor siempre es la mejor opción.
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