Sr. Bob Tilley
(Texas, EE. UU.)
La oración del justo es poderosa y eficaz. - Santiago 5:16 (NVI)
Estaba acostado en una camilla dentro de un cuarto estéril y frío, y en penumbras. Una máquina gigante con un gran ojo telescópico zumbaba y circundaba lentamente mi cuerpo en búsqueda del mejor ángulo para detenerse y lanzar otra ronda de radiación contra el cáncer. Es la primera de las 44 sesiones de tratamiento previstas; estaba muy ansioso y totalmente abrumado. En esa camilla, tratando de soportar todo, cerré los ojos y comencé a orar: «Padre nuestro, que estás en los cielos…». Pronto mis preocupaciones y temores se desvanecieron y sentí que Jesús estaba a mi lado mientras seguía orando.
Antes de que me diera cuenta, entró la técnica y me informó que la sesión había terminado. Volveríamos a vernos a la misma hora y en el mismo lugar al día siguiente. Durante los dos meses siguientes consideré este tratamiento como un tiempo especial. Ya sin miedo ni preocupaciones, pasé el tiempo orando en paz, tan solo Jesús y yo.
Desearía poder decir que desde entonces mi vida de oración se convirtió en algo especial, pero no es así. A veces en el transcurrir del día, olvido que Jesús va conmigo y, a menudo, me olvido de orar. Solo sé esto: cuando oro, en los momentos difíciles y los fáciles, mi vida es mejor.
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