Sra. Susan Thogerson Maas
(Oregón, EE. UU.)
Por lo tanto, anímense y edifíquense unos a otros, como en efecto ya lo hacen. - 1ª a los Tesalonicenses 5:11 (RVC)
Joyce ya estaba en la iglesia cuando yo llegué y había preparado café para la escuela dominical. Conociéndola, probablemente también había limpiado el aula. Ahora caminaba por el santuario, saludando a las personas con una amplia sonrisa. Noté que se aseguraba de hablar con las personas mayores. Abrazó a una mujer en silla de ruedas y a otra que tenía un andador. Cuando comenzó el servicio, se sentó en el banco delante de mí y dio un giro para darme un abrazo. Después del servicio, le pregunté cómo estaba. Dudó un momento y luego dijo: «Bien…». Volví a preguntar: «¿Cómo estás realmente?». Joyce dejó de sonreír y confesó que estaba pasando por un momento difícil. Se sentía sola y se preguntaba si ésta era realmente la iglesia para ella. Me sorprendió. Siempre parecía tan animada. Yo no tenía idea de lo que la afligía. Le prometí orar y, en silencio, me comprometí a estar pendiente de ella con regularidad.
Todos apreciamos a quienes nos animan y valoramos el cariño que nos brindan. Pero, ¿tomamos en cuenta que ellos también necesitan aliento? Podemos acercarnos no solo a los visitantes y a quienes parecen solitarios, sino también a quienes se acercan a nosotros. Ellos también pueden necesitar un oído atento y un corazón comprensivo.
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