Sra. Melanie Myers
(Indiana, EE. UU.)
Desde mi angustia clamé al Señor y él respondió dándome libertad. - Salmo 118:5 (NVI)
Durante mis visitas a la prisión de mujeres donde era voluntaria, me sentaba en una mesa dentro del bloque de celdas y esperaba a que las mujeres llegaran. Estaba atenta a lo que quisieran contarme y recogía sus peticiones de oración que después compartía con otros miembros de mi iglesia. Algunas mujeres hablaban de su desesperanza, otras mencionaban sus remordimientos y unas cuantas describían sus sueños para la vida después de salir de la cárcel. Un sentimiento común era la falta de autoestima, por lo que solía compartir con ellas acerca del amor constante de Dios, que perdura para siempre — una frase que se repite varias veces en el Salmo 118.
En una ocasión, una mujer sentada al otro lado de la mesa tomó mis manos y me pidió que orara por ella. Nunca había tenido esa experiencia. Me sentí un poco ansiosa y pensé: «Y ahora, ¿qué puedo decir?». Entonces, recordé la seguridad del salmista: «Su gran amor perdura para siempre» (118:1). La profunda paz y confianza que sentí me permitieron encontrar las palabras mientras oraba sobre el amor de Dios y la libertad que otorga. Cuando terminé, la mujer apretó mis manos y empezó a orar por mí. Al decir «Amén», nos miramos a los ojos llenos de lágrimas y luego sonreímos. El amor inquebrantable de Dios me liberó de la incertidumbre sobre qué decir.
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